El camino hacia una crianza consciente
Alejandro De Barbieri, psicólogo y escritor (Uruguay)
Acabo de regresar de una gira extraordinaria por ciudades de Colombia —Bucaramanga, Medellín, Cartagena y Bogotá— junto a Santillana, donde compartimos con miles de familias (virtual y presencial) y educadores sobre uno de los desafíos más urgentes de nuestro tiempo: cómo fortalecer el vínculo con nuestros hijos para fomentar una crianza basada en el respeto, la comprensión y el bienestar emocional.
Durante esta serie de encuentros, una frase resonó en cada auditorio:
“Si evitamos que nuestros hijos se frustren, evitamos que crezcan y que maduren”. Y es que, paradójicamente, en nuestro afán de protegerlos, terminamos desprotegiendo su salud mental y deteriorando su capacidad de resiliencia.
La trampa de la culpa: el primer obstáculo
En Medellín, una madre levantó la mano y preguntó: “¿Por qué me siento tan culpable cuando le digo ‘no’ a mi hijo?”. Su pregunta destapó algo que todos llevábamos dentro. La culpa se ha vuelto la gran protagonista de la educación actual; nos sentimos culpables por todo, con lo cual no podemos sostener el “no” necesario para que ellos crezcan.
Un “no” firme y tierno a la vez da seguridad al niño sobre lo que puede y no puede hacer. Ese “no” será clave para que mañana pueda decirse que no a sí mismo y crecer en autorregulación emocional.
Nos hemos convertido en padres “vestales” —al decir del pediatra francés Aldo Naouri— cuidando el amor de nuestros hijos hacia nosotros, con tanto miedo a que no nos quieran que terminamos claudicando de nuestro rol educativo. O peor aún, terminamos siendo “adultos frágiles”, haciendo cosas para que nos sigan queriendo.
Pero aquí está la paradoja:
educar es cansarse amorosamente. No podemos exonerar a nuestros hijos del esfuerzo que implica ser felices, porque felicidad y sufrimiento van de la mano. Parte del drama actual es que no tenemos tiempo para amar.
Como afirma Pablo d’Ors: “Hoy vivimos tan ajetreados que no tenemos tiempo para amar. No podemos dar tiempo, no podemos dar amor”. Vivimos cansados, prendidos a las redes y al celular, adultos distraídos de lo que les pasa a nuestros hijos.
En Bucaramanga trabajamos con un concepto que transformó la perspectiva de muchos:
“sobreproteger es desproteger”. Cuando no permitimos que nuestros hijos enfrenten las frustraciones normales de la vida, los enviamos al mundo sin las herramientas emocionales necesarias para afrontar sus propios desafíos, afectando su autoestima, confianza y autonomía.
El mantra “quítate del medio” nos recordó que, a veces, el mejor regalo que podemos darles es nuestro ejemplo de no intervenir, de dejar que se prueben a sí mismos, exploren el mundo y se animen a “salir del nido”.
Hospedar frustraciones: el arte de educar con amor
“¿Cómo van a aprender a quererse si no nos ven queriéndonos a nosotros?”, reflexionamos en estos encuentros. La educación emocional no se trata solo de lo que decimos, sino de lo que nuestros hijos nos ven hacer con nuestras propias emociones. Se educa con el ejemplo.
Aprendimos juntos el mantra de la calma:
“Me puedo enojar, pero no descontrolar”. Poner límites —o frustrar amorosamente— no es autoritarismo ni permisividad, sino enseñar que las emociones se pueden gestionar. Calma: tu calma lo calmará.
Una actividad profundamente movilizadora fue la “Carta al hijo que fui desde el adulto que soy”. Padres y madres conectaron con su niño interior para sanar heridas y no repetir patrones. Meses después, aún recibo mensajes agradeciendo ese momento transformador.
La generación dopamina y el desafío de estar presentes
En Bogotá abordamos un tema inevitable: nuestros hijos crecen en la era de la inmediatez, bombardeados por estímulos que secuestran su atención. La “generación dopamina” busca el próximo click, el próximo like, la gratificación instantánea. Seamos sinceros: los adultos estamos igual, corriendo el riesgo de no estar disponibles emocionalmente.
No se trata de demonizar la tecnología, sino de humanizarla. Como dice Gregorio Luri, necesitamos desarrollar el coeficiente atencional de nuestros hijos, empezando por el nuestro. Amar es prestar atención, y hoy escasea el tiempo para hacerlo.
Prevención del bullying: construir vínculos que sanen
El bullying no es una etapa ni una broma; es una forma de violencia que afecta la dignidad y la salud emocional de niños y adolescentes. No existe un perfil del acosado. Nadie merece ser agredido por cómo es. También entendimos que el acosador necesita ayuda para autorregularse y empatizar.
Los espectadores cumplen un rol clave: sin ellos, el bullying no prospera. Es responsabilidad de adultos, familias y docentes intervenir y construir entornos seguros donde cada niño pueda florecer.
Lo que me llevo de Colombia
Vi padres salir de los auditorios con una mirada diferente, no por recetas mágicas, sino por haber conectado con algo esencial: dejar de ser hijos de sus padres para poder ser padres de sus hijos. Sanar la propia historia permite educar sin culpa ni miedo.
Colombia me confirmó que cuando los adultos nos animamos a ser adultos —con responsabilidad, límites y amor firme— nuestros hijos pueden crecer con raíces fuertes y alas amplias.
Porque frustrar es educar, y educar es el acto de amor más radical que podemos ofrecer. Educar desde el corazón sigue siendo un encuentro humano que transforma.
Alejandro De Barbieri
Psicólogo, escritor y autor de
“Educar sin culpa” y otros libros.
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